Con respecto a la nota llamada "Desde una cama de hospital", me sentí muy de acuerdo e identificado con la mujer que redactó el pequeño ensayo. Yo también tuve la oportunidad, o mejor dicho, la desgracia de haber estado internado en el hospital a causa de una apendicitis aguda diagnosticada en el momento de su extirpación como de “grado 3". Hospital Max Peralta, único y deficitario centro de salud estatal ubicado en la provincia de Cartago. Fui trasladado en ambulancia desde mi casa hasta el hospital porque el dolor que sentía en el lado inferior derecho del abdomen me impedía caminar normalmente. Llegamos al centro médico y me pusieron a hacer fila, no bastó todo el malestar que concebía en ese momento para que me atendieran inmediatamente; era una situación de emergencia, necesitaba atención profesional en seguida, no obstante, tuve que esperar alrededor de 4 horas para que me atendieran. Una joven se acercó a donde estaba yo con mi madre y nos comentó: “aquí ni aunque usted venga con los sesos afuera lo atienden de una vez, son capaces de colocárselos en una bolsa y decirle que haga fila”. En fin, una vez inmerso en la oficina del médico, los síntomas de apendicitis no eran muy claros, el dolor había disminuido y fui trasladado al interior del hospital para hacer ciertas valoraciones y poder encontrar la causa de mi desazón. Pase toda esa noche sentado en una silla, con frio; los exámenes de sangre iban y venían, la vena de mi brazo estaba un poco hinchada. Estuve solo, a mi madre no la dejaron estar conmigo, la sacaron a la intemperie porque no podía estar en el mismo lugar que yo. Al día siguiente, me llamó mucho la atención el comportamiento de un enfermero que se encargaba de cambiar los sueros y tomar la presión de los pacientes constantemente. En realidad aquel tipo no estaba bien ubicado, parecía tener un exceso de vanidad y coqueteaba con las pacientes que no estaban tan graves. Aquel sitio no era un bar o un salón de baile para comportarse como un completo “Casanova”, era un hospital al cual acuden personas que necesitan un trato diferenciado por determinada enfermedad que los aqueja. Finalmente, el cirujano observó mis exámenes y dictaminó una inflamación de la apéndice, aquello era sinónimo de operación inmediata. La intervención quirúrgica fue un éxito y desperté en la sala de rehabilitación. La atención era muy variada, habían enfermeras corteses, unas un tanto amargadas y otras muy propasadas. En la noche no se podía descansar, era casi imposible porque las enfermeras interrumpían aproximadamente cada 30 o 45 minutos para hacer sus labores de cuidado rutinarios. Pero no era solo eso, hablaban entre ellas con un volumen de voz muy elevado, como si estuvieran en pleno mediodía; aparte de eso sus conversaciones eran muy poco interesantes, problemas de amores, chismes y más chismes, temas que estoy seguro a una persona convaleciente no le interesa escuchar ni enterarse en lo más mínimo. Finalmente, la hora de la salida había llegado, recibí la noticia de mi despacho aproximadamente 3 días después de mi operación y a las once de la mañana. Me dijeron que tenía que esperar a que un médico llegara a darme una charla de los cuidados que debía tener. Hasta las cuatro de la tarde me dejaron salir de aquel infierno; una enfermera llegó, no un médico como me señalaron anteriormente, y me dio unas sugerencias sencillas, indicaciones que hasta se pueden deducir lógicamente. Era la primera vez que accedía a un hospital y quedé muy decepcionado; el hospital no tiene la capacidad de suplir toda la demanda de pacientes; la atención sí es profesional pero muy negligente, los colaboradores atienden solo cuando esté dentro de su voluntad. Pésima labor de la Salud Pública, muy lamentable.
En relación con las otras dos lecturas, muy acertada la resolución de la embajada de los Estados Unidos, es más, eso no es nada, me parece que su crítica fue muy superficial; más bien para dicha de nosotros que no profundizaron mayormente en los distintos temas, hubiera quedado muy mal parado a nivel internacional nuestro país, “la nación más feliz del mundo”. Los norteamericanos olvidaron referirse a la cultura costarricense, a nuestra idiosincrasia tan patética plagada de tradiciones y costumbres dignas de lástima. Para comenzar, tenemos la más representativa, llevada a cabo por todo tipo de personas: religiosas en su mayor parte, no religiosos, borrachos, vándalos, estudiantes, profesionales, etc. Estoy hablando de la romería, realizada todos los años el 2 de agosto. Casi la mitad de la población del país acude a la cita. Innumerables grupos de personas llegan a rendirle tributo a un pedazo de piedra blindado en oro; el agua “bendita” es otro de sus objetivos, son tan ignorantes e ingenuos que no pueden darse cuenta que ese líquido es el mismo que sale a cántaros de las tuberías de sus casas. Mi punto es que en nuestro país la actividad que tiene mayor poder de convocatoria es una tradición religiosa, una “gran fiesta” en honor a nuestra “Santa Patrona”. De la religión nunca se ha obtenido algo productivo, son más los perjuicios que ha ocasionado a la humanidad que los beneficios instaurados en la sociedad. Lo único resaltable es que ha propiciado una sociedad relativamente ordenada pero a costa de la ignorancia y atrofia de cerebros humanos en términos masivos. Todo esto sucede porque la religión nubla la mente de las personas, no las deja pensar, las ata y pone una venda en sus ojos. Esto es tan agravante que los individuos aseguran haber sido sanados de determinada enfermedad por la misericordia y amor de un pedazo de piedra como ya lo mencioné anteriormente. Es una lástima que el Estado no invierta en actividades que sí enaltecen al ser humano, tales como el arte y todos sus derivados: música, pintura, escultura, danza, entre otros; la ciencia y el deporte también son dos puntos muy importantes que hay que contemplar.
Nuestra siguiente fuente de identificación es el fútbol, el deporte más bello y popular del mundo. Claro está que ni siquiera somos buenos en lo que más nos apasiona; todos saben que tenemos una liga nacional de futbol que premia a la mediocridad, la infraestructura de los estadios no está al nivel y las canchas, algunas, son un completo potrero. No se puede desarrollar un jugador en las condiciones tan deplorables de nuestro fútbol nacional. En fin, con todas estas deficiencias, el tico disfruta y a lo grande. A muchos se les va un poco la mano, su apasionamiento los lleva a cometer acciones verdaderamente estúpidas. Los muchachos de las “barras bravas” no sé qué tienen en su cabeza, tal vez la combinación de drogas, alcohol, ocio, ignorancia y resentimiento, ha ocasionado que confundan al fútbol con el boxeo, el karate, la violencia. El futbol hay que verlo críticamente, disfrutarlo con pasión pero con sentido, respetar y valorar lo bueno, desechar y enterrar lo malo para que haya progreso, grandeza. Ese es el verdadero sentido de contemplar un deporte, indiferentemente del que sea; en nuestro país, el futbol y muchos de sus seguidores lo que dan es risa.
A continuación tenemos las fiestas festivas de fin y principio de año, complementadas con las celebraciones de Semana Santa. Me refiero específicamente a Zapote y Palmares, con “Semana Santa” no hago referencia a sus actividades típicas y muy bien conocidas como las procesiones, las películas en todos los canales de televisión, entre otras; dicho sea de paso aprovecho la oportunidad para decir que son actos de decadencia y vergüenza extrema, me da lástima observar a todas las personas conmovidas por las transmisiones de películas insolentes llevadas a cabo apartir del relato de la biblia y a los niños ingenuos entusiasmados al contemplar a un joven que marcha con una escoba en la cabeza comúnmente conocido como “judío”. Con mi alusión a “Semana Santa” también hago referencia a fiesta y desafuero, un periodo que estoy seguro todos los establecimientos expendedores de bebidas alcohólicas aumentan considerablemente sus ganancias. En “tiquicia” gran parte de la población hace consumo pronunciado de bebidas “espirituosas”. En Palmares y Zapote hacen acto de presencia los mas “fiesteros”, si no se desea compartir en dichas celebraciones resulta que uno es un “abuelo”, un amargado, porque la tradición estipula que es punto obligatorio para toda persona que guste de la diversión y la parranda. Yo no estoy de acuerdo con eso, sí soy partidario del disfrute y el libertinaje, pero en lugar de ir a Palmares, primero tras un viaje muy largo y cansado, y después de todo el tumulto de gente e incomodidad presentes en tal lugar, prefiero tomarme mis cervezas en algún bar tranquilo, con mis amigos, buena música, etc.
Si bien es cierto no todo es malo, me gustaría resaltar los pocos atributos que posee nuestra cultura. Las universidades estatales: Universidad de Costa Rica, Instituto Tecnológico de Costa Rica, Universidad Nacional. Por otra parte, en el campo de la música: Editus, El Parque, Evolución; escultura: Jorge Jiménez Deredia; ciencia: Franklin Chang y Clodomiro Picado. Obviamente hay muchos más que resaltar, pero desconozco sus trabajos y aportes.
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